Entre la tecnocracia y el populismo

por Jesús Silva-Herzog Márquez

Si hacemos caso a cierta literatura, las democracias liberales están tocadas de muerte. Los títulos que aparecen en estos días compiten en gravedad apocalíptica. Parece haber un consenso funerario en los trabajos académicos, en los panfletos políticos y en las crónicas de lo reciente. Algo agoniza. Algo ha muerto. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt buscan lecciones en la historia para entender cómo mueren las democracias y encontrar advertencias para nuestro tiempo. David Runciman no se deja engañar por los falsos paralelos, subraya las novedades del presente pero coincide en el peligro existencial. Esta no es una crisis más. La amenaza que vivimos es inédita y mucho más grave que todas las anteriores. Es revelador que el título de estos dos libros sea casi el mismo. Uno recela cómo mueren las democracias y el otro cómo terminan. How Democracies Die, How Democracy Ends. En ambos se advierte la sombra trágica del final. La misma alarma se activa en la portada del libro reciente de Yascha Mounk: la libertad, corre peligro: el pueblo le ha declarado la guerra a la democracia. Para William A. Galston la amenaza es el antipluralismo. Para Timothy Snyder es algo mucho peor. El enemigo que puede derrotar a la democracia es, ni más ni menos, la tiranía. Hannah Arendt nos advertiría que la renuncia al pensamiento nos hace cómplices y víctimas de un nuevo despotismo. Masha Gessen, en su admirable mosaico de la Rusia contemporánea, advierte la sombra viejo totalitarismo. Y Nadia Urbinati, en el trabajo intelectualmente más fino de esta legión, advierte una democracia deforme hasta la monstruosidad. Una democracia que ha mutado hasta volverse irreconocible.1

El manifiesto político liberal para estas fechas exige llorar la muerte inminente de la democracia y ligar el futuro con alguna abominación despótica. No debe hablarse de la crisis de las democracias sino de su agonía. Llama la atención el cambio de tono. En una generación hemos ido del triunfalismo más ingenuo al pesimismo más delirante. Hoy se lamenta una hecatombe pero ayer se cantaba la gloria eterna de la democracia parlamentaria y la promesa de su reinado universal. No había alternativa imaginable. El enemigo había sido derrotado definitivamente en 1989 y no era previsible su resurrección. La política se perfilaba finalmente a la gran convergencia universal: en todos los rincones del planeta habría competencia de votos, parlamentos representativos, Estado de derecho, libertades, debate público, controles al poder.

De aquella arrogancia proviene seguramente la incapacidad del liberalismo para entender los desafíos contemporáneos. El liberalismo ha entrado en pánico. El miedo domina su juicio. Denuncia la traición del presente y grita la amenaza del futuro. Aquella arrogancia se expresa como inseguridad. Proscribe todo lo que no entiende, denuncia todo lo que lo reta, desoye lo que lo interpela. Es un liberalismo que se ha vuelto dogmático, nostálgico y regañón. Es indispensable volver a su raíz crítica y aprovechar el estímulo de la urgencia.

El historicismo liberal fue la primera traición. Se había revelado ya el cuerpo del futuro. El presente, en consecuencia, no tenía más opción que acatar el libreto de la razón esclarecida. Por esa vía llegó a la persuasión de que cualquier lógica ajena al guión era el fastidio de lo póstumo. Las identidades eran vistas como adhesiones moribundas; se confiaba en que la razón lograría la doma de las pasiones, que las reglas instalarían el reinado de la imparcialidad y que la competencia permitiría felizmente la corrección del régimen y el despunte de los mejores. Era la fantasía de una democracia sin adversarios. Maquiavelo sigue riéndose: la sorpresa se burlará de cualquier profeta.

La segunda traición fue el éxito —o la ilusión del éxito. Un pensamiento hecho para la sospecha se sintió triunfante. Confundió la derrota de su enemigo como victoria. Permitió que los poderes establecidos hablaran en su nombre y que declararan la conclusión de la aventura. La discusión que antes se celebraba como sinónimo del temperamento liberal se convirtió en letanía: había que repetir una y mil veces la misma canción y hacerlo, por supuesto, cerrando los ojos. Ignoró las exigencias de igualdad, de pertenencia, de emoción. El liberalismo abandonó su sentido crítico cuando dejó de aplicar la sospecha a sí mismo, a sus recetas y a sus resultados.

Y la tercera traición fue su encogimiento. Los economistas (o, debería decirse mejor, cierta escuela de economistas) secuestraron su discurso.2 El liberalismo político, subversivo siempre, se subordinó a una doctrina fatua con humos de ciencia. La verdad demostrada en pizarrón no podía someterse al chantaje de los ignorantes. Se defendió así, implícitamente, una epistocracia, un gobierno de los que sí saben. Adquirió legitimidad un paternalismo que negaba la democracia por vía doble. Por una parte, reconocía la democracia solamente si el voto no confería poder. Las decisiones deberían reservarse a los conocedores. Por la otra, dejaba sin sentido la deliberación pública: poco hay que discutir si pocos son los que realmente saben. El resto, a aprender las lecciones de su docta conducción y esperar, con paciencia, los regalos que la triste e infalible ciencia nos tiene prometidos.

La democracia es un compuesto inestable. Camina siempre en direcciones opuestas. Es confianza y recelo; es una mecánica y una ética, un procedimiento y una civilización. Es el debate y el decreto. Es la elección que recoge la voz de la mayoría y el tribunal que defiende al más débil. Es el espacio donde todo es cuestionable, donde nada puede imponerse como sagrado. Es un espejo, un foro, una batalla, un látigo, un número. Una garantía de decepción.

La palabra, siendo una pareja de voces, deja a su mitad fuera. Demo-cracia: al pueblo, poder. Un sujeto y su imperio. Se deja fuera de las sílabas el complemento indispensable: las limitaciones que restringen el poder. Cuando hablamos de democracia hablamos, en realidad, de una demo-limi-cracia. Gobierno popular y limitado. Poder de una mayoría que no puede aniquilar a la minoría. Hablamos de una democracia liberal porque es la única que puede ser fiel a su promesa: conocer al pueblo es permitir la aparición de sus contrarios, es garantizar el derecho de una minoría para abrirse paso, poner a prueba a quien pretende hablar en nombre de otros. Democracia liberal: ¿delimicracia?

La historia de la democracia liberal es una historia de desencuentros y rivalidades. La hostilidad entre sus impulsos es irremediable. La democracia constitucional es, fatalmente, tensión entre la apuesta por lo popular y la desconfianza en lo político. Una fe en la voluntad popular, por una parte y una confianza en las reglas, por la otra. El debate, por supuesto, no es reciente. Hemos sabido, desde el primer momento que la simetría es imposible. El régimen contradictorio no tiene más alternativa que reconocer las fricciones que lo constituyen. Digo fricciones porque nunca embonarán con tersura los componentes de la democracia templada. Digo fricciones porque en esa tensión está la salud del régimen. La amenaza es el extremo que se olvida de su contrario. Es el sueño de Rousseau que se convertiría en una pesadilla: un pueblo soberano que debe liberarse de los egoísmos y arrasar con el estorbo de los derechos individuales. Es también la soberbia de los elitistas que convertirían la democracia en farsa. Gobierno representativo, si y sólo si, los representantes son intérpretes que pulen la tosquedad de la expresión popular. En la democracia liberal han de reconciliarse impulso y freno, el poder y su límite.

El populismo es la cara visible del antiliberalismo contemporáneo. La cara oculta es la tecnocracia. Son los gemelos enemigos de la democracia liberal. El primero se planta explícitamente como alternativa al proyecto liberal. El segundo se anuncia como su vehículo exclusivo. Ambos niegan la diversidad, corroen el pluralismo, deslegitiman la representación democrática y asumen el monopolio de una razón histórica. Los populistas hablan en nombre de un Pueblo infalible. Los tecnócratas nos aleccionan en nombre de una Razón incuestionable.

El historiador Pierre Roisanvallón3 identifica tres notas características del populismo.

1. El pueblo es un sujeto evidente.

2. El sistema representativo ha sido corrompido por las elites

3. La identidad del pueblo se fragua en la enemistad.

Estas tres simplificaciones pueden encontrar con facilidad paralelo en el modelo tecnocrático.

1. La ciencia económica es un saber incuestionable.

2. El sistema representativo es secuestrado por agentes políticos.

3. La modernidad debe vencer las resistencias atávicas.

Este esquema de paralelos ilustra la pulsión antipluralista de enemigos de la democracia liberal. El populismo reenciende la potencia de la política. Es una venganza frente a quienes sentenciaron que las opciones han desaparecido y que lo único que le queda a la política es admitir su sumisión ante las fuerzas impersonales del mercado y las imposiciones de la globalización. El populismo revive la pasión y el conflicto que los tecnócratas pretenden someter a un saber frío y objetivo. A los gobiernos corresponde únicamente la aplicación puntual de un recetario. La negociación es, para ambos, traición. Su efecto constitucional es idéntico: al parlamento corresponde aplicar el rodillo contra el antipueblo y la anticiencia.

Bien dice Jan-Werner Müller que la característica central del populismo no es tanto la emoción antielitista sino la convicción de que el pueblo forma un cuerpo homogéneo que es, además, moralmente superior a su enemigo.4 El populismo reivindica el monopolio moral de la representación. Los enemigos del Pueblo no están equivocados, están podridos. Los enemigos del Pueblo no tienen información distinta, defienden intereses repugnantes. Se entenderá que, bajo este horizonte, no tiene mucho sentido conversar con putrefactos. El bien ha de imponerse sin concesiones. La verdad científica no se discute, dirán, desde la trinchera opuesta, los tecnócratas. Imaginan otro monopolio: el del conocimiento. Los críticos de su modelo no defienden una alternativa legítima y atendible: sostienen la ignorancia. Analfabetas, los llaman. Estarán convencidos, por lo tanto, de que negociar con ignorantes es poner a subasta la verdad. Vestirán así su intransigencia como si fuera un compromiso ético con la razón.

Timothy Garton Ash pronunciaba recientemente una conferencia admirable por su pertinencia y por su honestidad. El liberalismo está obligado a reconocer sus errores si quiere volver a ser guía para una sociedad de derechos. Debe advertir las raíces de la rabia, las razones de la inconformidad, la insuficiencia de sus argumentos. Para ser fiel a su proyecto de autonomía debe distanciarse de sus dogmas, dialogar con sus críticos, reinventarse.

______________________________________________________________________________________

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

_______________________________________________________________________________________

1 Los libros a los que me refiero son estos: Steven Levitsky, Daniel Ziblatt, How Democracies Die (Crown Publisher, 2018); David Runciman, How Democracy Ends (Basic Books, 2018); Yasha Mounk, The People vs. Democracy. Why Our Freedom is in Danger & How to Save it (Harvard University Press, 2018); William A. Galston, Anti‑Pluralism. The Populist Threat to Liberal Democracy (Yale University Press, 2018); Timothy Snyder, On Tiranny, Twenty Lessons From the Twentieth Century (Tim Buggan Books, 2017); Masha Gessen, The Future is History: How Totaliotarianism Reclaimed Russia (Riverhead Books, 2017 y traducción de Turner, 2018); Nadia Urbinati, Democracy Disfigured (Harvard University Press, 2014).

2 Ver Se supone que es ciencia. Reflexiones sobre la nueva economía, de Fernando Escalante (El Colegio de México, 2016).

3 “Pensar el populismo”, en Este país, enero de 2012.

4 Jan-Werner Müller, ¿Qué es el populismo? (Grano de sal, 2017).

 

 

Deja un comentario