​Cerro de la Campana: El petrocoloso de Hermosillo

Un texto de Milton Martinez, escrito para el Periódico Expreso en 2014
En Monterrey los regios llevan como carta de presentación el Cerro de la Silla, en la Ciudad de México los capitalinos presumen el volcán Popocatépetl con todo y sus leyendas, para los hermosillenses el Cerro de la Campana no sólo es un emblema, es un guardián de la tradición sagrada del Desierto.
El petrocoloso de Hermosillo recibe miles de visitas diariamente; desde aquellos curiosos que buscan comprobar si sus piedras suenan como campanas al chocarlas, hasta quienes desean una fotografía con qué alimentar sus cuentas personales en las redes sociales.
En esta época, durante el día es un mar de soledades gracias al Sol que cae a plomo, pero por las noches revive en familias enteras que salen a “tomar el aire”, a comprar una nieve o beberse un refresco que los haga olvidar el cálido abrazo del desierto.
Los visitantes pueden quedarse a domar la banqueta que rodea la callejuela empedrada de ascenso o disfrutar de la explanada montada en la cima del cerro.
Quienes se detienen en algún punto del empedrado, lo hacen para observar alguna de las tantas caras que ofrece el cerro de la ciudad, pero otros se dan el modo para degustar algunas bebidas espirituosas.
Los que deciden conquistar la cima, admiran la extensión de la ciudad en un mar de luces tintineantes.
Como si alguien desde el cielo hubiera derramado una especie de brillantina que en la nostalgia asemeja los colores utilizados en la época navideña.
Una galaxia con cientos de constelaciones, la versión más humana de la creación del Universo.
Desde esa cúspide, hará unos años, en la primera edición de las Fiestas del Pitic un danzante Yaqui despidió con respeto al Sol, mientras en un pequeño escenario  Germán Dehesa, el poeta de las Noches de Luz, dedicó sus mejores letras a estas tierras.
Un poco de historia
El Cerro de la Campana, es una mole pétrea compuesta de carbonato de calcio cristalizado conocido como mármol, consigna el historiador Ignacio Lagarda Lagarda en una de sus investigaciones.

Este mineral fue utilizado para la construcción de las columnas del Palacio de Gobierno.
Oficialmente lleva el nombre de Jesús García, en honor al Héroe de Nacozari que 1907 dio la vida por salvar a su pueblo. Adquirió su nombre de Cerro de la Campana con la fuerza de la tradición oral que legaron los primeros exploradores y que al paso de los años fue posible leerse en sus bitácoras que datan de finales del siglo 17.
En 1909 fue nombrado mirador natural de la ciudad y existen datos que comprueban que en esas mismas fechas lo intentaron vender, pero quienes deseaban realizar la negociación jamás pudieron comprobar su propiedad.
Anécdota 
Don José Andrade, vecino de Las Minitas y antiguo residente de la calle Garmendia Sur, una de las primeras rúas de la ciudad ubicada contigua a las faldas del cerro, relata que el espectáculo de luces que hoy se puede admirar costó la sangre y esfuerzo de muchos.

Recuerda que una noche, cuando él apenas había cumplido los diez años, un estruendo sacudió la noche poblada de estrellas.
Cuenta que para construir el camino empedrado una empresa dinamitó el cerro por meses.
“Le empezaron a meter pólvora”, comenta. 
“Nos sacaban de nuestras casas con tres pitidos y nosotros teníamos que salir corriendo para adonde hoy se encuentra el bulevar (Rosales), apunta.
Para conservar la vida, a diario salían de sus casas los vecinos de las colonias: Matanza, Garmendia, Las Pilas y Hacienda de la Flor.
“Nosotros arrancábamos para el rumbo de la calle, los demás agarraban para el monte”, detalla.
En 1964 ó 1965, estima, se desprendió de la cima una piedra de 40 toneladas de peso que cayó sobre una vivienda en la que dormía plácidamente una familia entera.
“De arriba, con las vibraciones de las explosiones se soltó y cayó en la casa; estaba toda la familia…”, lamenta.
Don José, quien hacía más de 50 años que no subía hasta la cima del cerro hasta hace un mes, añade que ésa no fue la única ocasión en la que se desgajó el ícono de la ciudad.
En los pitidos atemorizantes de aquellas tardes, otro peñasco de 10 toneladas rodó cuesta abajo hasta frenar a unos 20 metros de la casa donde vivió su infancia. No hubo lesionados.
A don José la vida y los años lo obligaron dejar su casa materna para irse a vivir al poblado Miguel Alemán en donde se dedicó a la pesca y a producir carbón vegetal. Después de 50 años de no subir a la cresta del cerro, hoy mira con sorpresa su evolución y lo asombra el crecimiento desmedido de la ciudad.
Una leyenda
Cuenta una historia Comcaac que el cañón orientado a donde se oculta el Sol, un guardián observaba al Valle fundiéndose con el Desierto, la columna del Río Sonora precipitándose con fuerza contra el mar y la vida mudándose de estación.

En esa oreja del cerro, cuando las lluvias de la temporada eran generosas, nacía una cascada que era celebrada por el vigilante.
Desde ese paraíso terrenal que parecía florecer sólo para él. Volvía al sueño colectivo. El arriba, el abajo y el yo en el centro. Al alba sus cánticos imitaban el sonido del rocío al nacer, el vuelo del colibrí, la pitaya tornándose en carne del Desierto y el sonido del Espíritu Viejo manifestándose en su voz…
Desde allí, cada vez y en cada momento volvía a ser uno con el Universo (pues se sabe desde tiempos ancestrales que del números dos en adelante todos son invenciones humanas y sólo el uno existe)…
Un mundo de historias se han creado alrededor del Cerro de la Campana. La mejor aún está por escribirse.

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