AMLO presidente

por Arturo Soto Munguía

La gran paradoja de la coalición que se amalgamó en torno a la figura de Andrés Manuel López Obrador es que finca su gran convocatoria en la diversidad de fuerzas políticas y personalidades que la integran, y en esa misma diversidad encuentra las contradicciones en las que tropieza, se detiene, avanza, retrocede, se estanca…

A diferencia de 2006 y 2012, para la elección 2018 Andrés Manuel abrió las puertas de la coalición casi de par en par, y por allí se colaron de manera indiscriminada toda suerte de personajes que hace unos años nadie podría haber imaginado marchando codo a codo.

Por encima de todos ellos, sin embargo, se alza inobjetable y desmesuradamente la figura del caudillo. El hombre que hace de su palabra designio y de su voluntad, ley. El que se arrodilla donde se arrodilla el pueblo, en este caso en el corazón de México, en el zócalo capitalino tantas veces, tantos años visitado, hoy entre el humo del copal, el incienso, la salvia, las hojas de ruda que una indígena sacude sobre su cuerpo para purificarlo y protegerlo.

El bastón de mando que simboliza el “mandar obedeciendo” (en algún lugar de la selva Lacandona, el comandante Galeano, antes sub Marcos, debió retorcerse) fue entregado al presidente electo en un ritual conmovedor. No inédito, porque al menos desde Adolfo López Mateos los indígenas le han entregado a cada presidente electo ese báculo que simboliza el poder que lo compromete a respetar a los pueblos y a hacer un buen gobierno.

Se supone que esta vez, los 68 pueblos originarios se unificaron para este ritual, aunque, como suele suceder, aparecieron diferencias entre ellos, que ciertamente no trascendieron, acaso por la dimensión histórica de lo que estaba sucediendo.

Impresionante, la legitimidad sublimada en el culto a la personalidad, en la veneración religiosa al presidente, el reducto donde se disuelve y se decanta la ideología y la fe; la convicción y el fervor; la militancia y la feligresía.

Pero el copal y el incienso son accesorios en el discurso de la nueva legitimidad gubernamental que linda con lo divino, si se le compara con lo que escribió Porfirio Muñoz Ledo en su cuenta de Twitter:

“Desde la más intensa cercanía confirmé ayer que Andrés Manuel López Obrador ha tenido una transfiguración: se mostró con una convicción profunda, más allá del poder y la gloria. Se reveló como un personaje místico, un cruzado, un iluminado. La entrega que ofreció al pueblo de México es total. Se ha dicho que es un protestante disfrazado. Es un auténtico hijo laico de Dios y un servidor de la patria. Sigámoslo y cuidémoslo todos”.

Hace casi 50 años, este político que sin duda es uno de los pocos hombres de Estado que hay en el país, con una proverbial inteligencia y sagacidad que lo ha llevado a ser siempre un protagonista destacado de la vida pública, firmaba como director del IMSS. Le tocó dar un discurso a propósito del V informe de Gustavo Díaz Ordaz, cuando todavía no se secaba la sangre de los estudiantes masacrados en Tlatelolco.

En ese informe, Díaz Ordaz asumió “íntegramente” la responsabilidad por las decisiones de gobierno en relación con los hechos del dos de octubre.

A propósito de ello, Muñoz Ledo dijo entonces: “Como miembro de este partido (el PRI) y como mexicano que confía honestamente en el destino de la nueva generación, nada me ha conmovido más hondamente en el texto del V Informe que el valor moral y la lucidez histórica con que el Presidente de México reitera su confianza en la “limpieza de ánimo y en la pasión de justicia de los jóvenes mexicanos”.

50 años después, en el pletórico Zócalo no hay espacio para la duda, mucho menos para los matices. El discurso del presidente borra cualquier variedad de grises y dibuja la nación en blanco y negro, la fórmula que tan buenos resultados le dio durante su larguísima campaña:

“No me dejen solo porque sin ustedes no valgo nada; yo ya no me pertenezco, soy del pueblo. Además, sin ustedes, los conservadores me avasallarían, pero con ustedes, me van a hacer lo que el viento a Juárez”, dice, y el Zócalo se llena de aplausos, gritos, murmullos, rezos. Amén. Que así sea. No estás solo.

Hace la lectura de los 100 puntos de lo que será su gobierno. Nada que no haya dicho en sus mítines de campaña: respeto a las libertades, venta del avión presidencial, Santa Lucía-AICM-Toluca como opción aeroportuaria; tren maya, baja de impuestos en la franja fronteriza norte, guardia nacional, no reelección, no venganza ni persecución de corruptos del pasado…

Antes, el presidente había estado en la Cámara de Diputados para el acto protocolario de la toma de protesta y la recepción de la banda presidencial. Al menos desde 1988, este protocolo no había tenido tanto sosiego, tanta civilidad. Sí hubo manifestaciones de protesta, pancartas y lonas contra Nicolás Maduro y exigiendo bajar el precio de la gasolina, pero nada comparado con los sobresaltos de otras veces.

Las razones son obvias. Ningún presidente, de Salinas a Peña, había llegado al poder con la legitimidad de López Obrador.

Eso le permite romper ciertos protocolos: caminar frente a las vallas en las calles y en el Zócalo saludando de mano a la gente, abrazarla, besarla, recibir mensajes en pedazos de papel, prácticamente sin seguridad; sin el ostentoso aparato del Estado Mayor Presidencial. Le permite también darse algunas licencias discursivas, del tipo “me canso ganso”.

A su lado, el presidente saliente, Enrique Peña Nieto pasó los últimos y más amargos tragos de su carrera. Alguien lo comparó con una persona a quien corren del trabajo, y su relevo transmite en cadena nacional por radio, televisión e internet, un recuento de todos los errores cometidos y que a la postre le costaron la chamba. Creo que lo sintetiza bien.

Líder carismático, personaje singular, tiene desde el 1 de diciembre las riendas del país. Ya no el señalamiento, la denuncia, el dedo flamígero para encender las plazas, sino las decisiones ejecutivas para la conducción de la nación.

Una nación polarizada después de la elección. Al Peje se le ama o se le odia, según se puede calibrar en el ánimo social. Se le venera o se le sataniza. Se le obedece incondicionalmente o se le descalifica a priori. No hay punto medio, o son muy escasos.

En lo personal, me parece igualmente deleznable apostarle al fracaso del nuevo gobierno, como validar a ojos cerrados sus decisiones.

Queda claro también que la llamada cuarta transformación no es un proyecto sexenal. Si alguien entiende del uso clientelar de los recursos públicos (que en la federación son billonarios) es Andrés Manuel. Los programas sociales seguirán sirviendo para apuntalar su proyecto de nación y la continuidad transexenal.

La oposición, aunque diezmada, ya se ha dejado sentir desde los gobiernos estatales y esto anticipa largos episodios de confrontaciones. Veremos qué sucede. También con la coalición.

II

En temas municipales, al menos dos colegas han difundido la especie de que la secretaria General del PRI en Hermosillo, Claudia Cano Vivero ya renunció a su encargo. Es falso.

Ciertamente, Claudia siente que su misión allí ha concluido y se apresta a continuar su participación en trincheras más cercanas a la lucha social que a la político-electoral. De hecho, en estos días terminará de redactar su carta de renuncia, que podría ser entregada el miércoles al dirigente estatal de su partido, Gilberto Gutiérrez Sánchez, y supongo que también al municipal, Edgardo Briseño.

Claudia se incorporó a las tareas partidistas durante la campaña del Maloro Acosta a la alcaldía de Hermosillo, y durante esa administración trabajó mucho en la vertiente social, de trabajo comunitario y de incorporación vecinal; apoyó la campaña de Ernesto de Lucas en las calles y barrios de la capital mientras otr@s “tiraban línea” desde sus oficinas refrigeradas.

Ella ya ha comunicado a quienes tiene que hacerlo, su decisión de dejar la secretaría General, y se espera que en estos días se formalice esa decisión.

III

Otra polémica ocupará la agenda de estos días, con el anuncio desde el Ayuntamiento de Hermosillo en el sentido de que se rentarán 30 camiones recolectores de basura para normalizar el servicio.

Se habla de que esto costará 144 millones de pesos mensuales, pero todavía no queda claro qué sucederá con la cuota voluntaria de 120 pesos a la que convocó a donar la alcaldesa, para ese mismo fin.

Quizás los hermosillenses no acudieron en masa a donar su cuota como se esperaba, y tuvieron que echar mano de esa medida. No hay mayor información al respecto y, como suele suceder cuando hay vacíos de información, se llenan con rumores y versiones extraoficiales. Ya se habla de una empresa de Querétaro que impugnó la licitación, que presuntamente habría favorecido a otra, propiedad de connotado panista.

Esperaremos a corroborar información y aquí se las presentaremos.

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