Por culpa de Pedro Infante

Un día como hoy, 15 de abril, murió el ídolo de Guamúchil.

A estas alturas, tan lejos de la tentación, tan cerca de Pedro Infante, parece ocioso, excesivo y hasta inútil agregar más palabras y conjeturas a este cruel día de abril. Se corre el riesgo de acabar derramando mucha miel o lágrimas sobre sus exequias.

Sin embargo, no habrá una fecha tan adecuada y rotunda como ésta. Habrán de pasar otras decenas de años para, como decía Séneca, decir lo que sentimos, sentir lo que decimos y concordar las palabras con otro aniversario de su muerte. La oportunidad, pues, es insuperable.

Como si hubiéramos nacido en otros tiempos y escribiéramos distinto —fuéramos Homero, Virgilio, San Lucas o Cecil B. DeMille— hablar del ídolo de Guamúchil (Sinaloa) entra en el terreno de los héroes. Se trata de una leyenda, una naturaleza simbólica y un mito que no ha sido alterado con el paso de las generaciones. Porque, como los antiguos dioses y diosas de la mitología griega y romana, Pedro Infante es una figura proverbial entrelazada en la estructura de la historia de una nación. La nuestra.

Como todo mito que se respete, Pedro Infante nos ha servido de consuelo, nos ha regalado un mensaje moral, es un ser valiente y maravilloso, un ejemplo de conducta que nunca desafina, una vana aspiración, el más común y extraordinario personaje y la mejor realidad nacida del cine mexicano, cuando decían que era de oro —por eso es fascinante.

Como bien escribió un incisivo biógrafo: “Infante representó lo que todo mexicano debía ser: hijo respetuoso, amigo incondicional, amante romántico, hombre de palabra”. Fue un macho excepcional: incapaz de dañar a las mujeres, violento pero inofensivo, fiel a sus infidelidades, borracho en la pantalla pero abstemio en la vida, el cantante anhelado de toda serenata, el perfecto ladino, un rompecorazones con un gran corazón. (Y luego se preguntan por qué todavía lloran y cómo es que existen tantas viudas. Por qué su última amante se siente la primera y su única esposa siente que fue la última). Y es que por su maldita culpa hace mucho que nos dimos cuenta.

Que nosotros somos como somos y no nos parecemos a nadie. Que nunca hemos sido como los rusos, por ejemplo. Piénselo, lector querido. Cuando Ana Karenina —adúltera por excelencia, heroína de los sueños más largamente acariciados por todas aquellas que buscan la pasión— le dice a su marido la triste verdad de su adulterio, lo primero que se le ocurre hacer al ofendido Alexis Alexandrovich Karenin es empezar a hablarle a su mujer en francés, idioma que indicaba lejanía. El daño estaba hecho. Al final de la tragedia, Ana, vestida de pieles y con manguito (como Greta Garbo en la película), camina por una estación digna, lenta, y se tira al tren que va pasando. El marido engañado —lo hemos odiado durante toda la novela— sufre mucho, pero nosotros nos alegramos porque su castigo es tan pavoroso como un suicidio ajeno. Antes de Pedro Infante, creíamos que las mejores lecciones de educación sentimental las habíamos extraído de los libros, pero era mentira. Todo lo que sabemos y lloramos lo aprendimos del melodrama del cine mexicano. Fíjese. Haga de cuenta que usted es un hombre de bien que, gracias a su esfuerzo y vocación para el trabajo, ha logrado formar y mantener una familia. Después de 20 años de matrimonio, su mujer —a la que nota más delgada, se ha cortado el pelo y ahora cocina puras carnes frías— se sienta una noche en la sala y le dice que lo está engañando con su mejor amigo. Usted —que no sabe hablar francés pero cada domingo ve películas mexicanas— para restaurar su dignidad herida comienza a pensar en sus opciones. Podría:

a) Llorar a gritos, riéndose a veces, como cuando Pedro Infante solloza por su hijo quemado en Pepe el Toro.

b) Ir a buscar a su ex mejor amigo para retarlo a un duelo de insultos a ritmo de huapango o preguntarle, de plano, qué le ha dado esa mujer.

c) Replicar a la adúltera cantándole “El desinfle” o

d) Cambiar de domicilio al rincón de una cantina.

Pedro Infante tiene la culpa, es la causa y las razones. La política del melodrama, que él ejerció tan bien, como diría Carlos Monsiváis, fue el molde sobre el que se imprimió la conciencia de América latina. Aquello de cambiar la desdicha por la dicha ajena, usar el desgarre como un correctivo de la mentalidad familiar, es parte de nuestros mitos. Pedro Infante, sin saberlo, se ajustó a la definición clásica del género como si hubiera nacido en la Revolución Francesa, pero dándole un toque personal al género.

El esquema de las películas que protagonizó casi siempre era el mismo: un villano, resumen de vicios y maldades (el maldito Tuerto que le quema la casa en Ustedes los ricos, por ejemplo); un héroe perseguido y oprimido que acaparaba todas las desgracias (nada más recuerde Un rincón cerca del cielo); una joven, pura, bella e inocente, causa de los delirios criminales del malvado o las circunstancias (como Blanca Estela, Marga o Carmen Montejo) y un gracioso tipo popular ( Mantequilla, por ejemplo) para aliviarnos el drama. Pedro, actuando como nadie en la conocida fórmula, educó nuestros sentimientos para convencernos de que no somos hijos de nadie, nos gustaría saber de dónde venimos sin que nos lo dijeran, el amor es tan glorioso como trágico, el que la hace la paga, las traiciones se enfrentan con la muerte, las tragedias con tequila y no hay mejor manera de enfrentar a la desgracia que estar mirando cómo se cocina un engaño.

Sin embargo, como todo buen héroe, Pedro Infante no es nada más un símbolo de la tragedia. Si nos hizo llorar a mares, también nos arrancó descomunales carcajadas: fue un ratero fascinante, el único inocente que hizo de Silvia Pinal una ingenua, un cura encantador, el rival más débil y el primer padre soltero de bigote y escopeta que soportó una culebra como mascota de su hija.

Por culpa de Pedro Infante las mujeres se dividieron en dos tipos: las que prefieren la voz educada y el abolengo (de Jorge Negrete, por ejemplo) o las que hubieran dado la vida porque alguien les cantara “Amorcito corazón”. Por culpa de Pedro Infante sabemos que la vida es, simplemente, una película mexicana y que por más que uno quiera ser Arturo de Córdova, ya no hay Marías Félix arrodilladas como diosas pidiendo golpes de amor; que cuando queremos gritar como Columba Domínguez en La malquerida, nos falta estilo y que nunca hemos podido agarrar de la solapa a nuestro hijo —aunque se lo merezca— para darle una buena zarandeada. Como la que le acomodó Fernando Soler a Pedro en La oveja negra. Por culpa de Pedro Infante, porque él empezó, nadie confiesa desear una mujer con el cuerpo de Irma Dorantes, la chispa de Rosita Quintana, la sensualidad de Lilia Prado y la simpatía de Chachita. O —aún mejor— tener tres hijos que se apellidaran García, que fueran muy afinados y una abuelita como Sara, la del chocolate.

Pero como eso no sucede, no sucederá nunca y Pedro Infante ya no está, las tragedias son pequeñas y sin fondo musical. Si todo fuera como antes, el castigo del destino no vendría envuelto en un sobre del SAT, encontraríamos de inmediato el libro que perdimos, cruzaríamos los llanos a caballo en vez de embotellarnos en el Periférico y seríamos las víctimas perfectas de nuestra propia conciencia.

Hoy ya no sabemos que esa sensación, que debería parecerse más a la tristeza, es igualita al fastidio y solamente se quita con mariachi.

¿La culpa? La tiene Pedro Infante.

por Cecilia Kühne-El Economista

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