Antes como antes…

por Arturo Soto Munguia

Una persona muy cercana me envía, alarmada, una nota periodística que informa sobre el ofrecimiento de Andrés Manuel López Obrador para que Evo Morales viva, a partir de ayer, en Palacio Nacional.

No sabe mucho de historia ni de posverdades, pero asume que un dictador como el ex presidente boliviano, que masacra a su pueblo, modifica y viola la constitución de su país para reelegirse, no puede ser acogido en México como exiliado político, y mucho menos habitar la sede del poder presidencial mexicano.

La nota que cita es de El Diario de Yucatán, una especie de El Deforma, cuyo éxito reside precisamente en la confección y difusión de ficciones que de tan churrigurescas, compiten palmo a palmo con esta realidad donde la nueva presidenta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos pregunta si en México han sido asesinados periodistas, o donde el ex presidente Vicente Fox llama autista a López Obrador, para luego disculparse con quienes le hicieron ver su pendejismo discriminador, manifestando su respeto por quienes viven con esa condición, y deseándoles que la superen.

He visto, por estos días, a varias mentes brillantes sucumbir en la vorágine de tentaciones por la inmediatez de la información, validar versiones extraoficiales, rumores, afirmaciones de fuentes anónimas, atrincheramientos ideológicos desde militancias Maruchan, lanzamientos al vacío que sólo se llena con el confort de la nómina asegurada, besamanos en la fila donde hace muy, pero muy poco tiempo se formaban para escupir la cara de quien hoy reverencian, o que hoy reverencian a quien antes escupían.

Las redes sociales, ha dicho Umberto Eco, le han dado voz a una legión de idiotas con el mismo derecho a hablar que un premio nobel y, agregaríase no sin sorna, que han convertido a las redes sociales en la casa del jabonero, donde el que no cae, resbala.

Explicar el golpe de Estado en Bolivia y el asilo político a Evo Morales en México exige algo más que una columna, una nota, un reportaje o peor aún, posicionamientos basados en el desconocimiento de la historia. Pretencioso sería aspirar aquí a documentar esa larguísima historia de la colonización de Latinoamérica, antes y después de la Guerra Fría.

Lo que sí se puede asegurar hoy, es que estamos frente a un relanzamiento de las hostilidades entre la izquierda y la derecha latinoamericanas, donde el gobierno de México puede presumir su larga tradición de asilo y solidaridad apelando a la historia, pero en una situación inédita en la que no todos los que lo acompañan ven con las mismas simpatías su mirada puesta en el sur, cuando el demonio del norte le resopla en la nuca.

Como le resopló cuando lo hizo recular obligándole a convertir su Guardia Nacional en la primera línea de su Border Patrol.

Digámoslo sin ambages ni recovecos: la derecha golpista está actuante en toda Latinoamérica y la izquierda reivindicatoria de los movimientos de liberación nacional también.

Pero el choque sigue siendo desigual.

¿Cuántos de los que apoyaron a López Obrador a llegar a la presidencia están de acuerdo en convertir al tabasqueño en el nuevo referente del antiimperialismo yanqui, y dispuestos a defender el Palacio Nacional como si fuera La Moneda?

Francamente creo que no tantos como los que trolean en redes sociales.

Y en buena parte, eso se debe a que Morena se nutrió, a diferencia de 2006 y 2012, de aliados que Andrés Manuel abominaba en esas fechas. Priistas y panistas sobre todo, que todavía le sirven para sacar adelante asuntos como el de la nueva presidenta de la CNDH, pero que ya comienzan a dar muestras de discordancias.

Lilly Téllez es apenas un granito con pus en la piel de esa izquierda que hoy lo pellizca para extirparlo, recordándole que un par de años atrás consideraba que López Obrador era un peligro para México. Pero de esos hay muchos, operando abiertamente o bajo cubierta.

El asilo de Evo Morales tendrá sus costos en la aprobación de López Obrador, por esa sencilla razón de que el voto de la esperanza 2018 no surgió mayoritariamente de la izquierda que hoy aplaude, impone y manda en las cámaras, sino de millones de personas hartas del PRI y del PAN.

Los niveles de aceptación del presidente están cayendo en las últimas semanas, sobre todo a partir del ‘culiacanazo’ y el caso LeBarón.

¿Podrá presumir el presidente que 30 millones de mexicanos están de acuerdo con recibir a Evo Morales?

Ojalá. Yo estoy de acuerdo, pero mi opinión es apenas una. Hay que preguntarle a otra gente, sobre todo a diputados, gobernadores y alcaldes que no están viendo con muy buenos ojos lo que ocurre (y lo que ocurrirá) con el nuevo presupuesto federal, que no los tiene muy contentos, ya en el plano de lo pragmático, no de lo ideológico.

II

En Sonora, por ejemplo, el diputado del PAN Gildardo Real Ramírez les lanzó una recta al pecho a sus homólogos de Morena, para que se sumen a la exigencia de presionar para que en el presupuesto federal se restituya el fondo minero, que en números gruesos representa unos mil 200 millones de pesos para los municipios donde se desarrolla actividad minera.

No sólo eso, también para exhortar al gobierno federal a que restituya 634 millones de pesos del Ramo 23 (recursos para estados y municipios); 466 millones para inversión, 250 millones para puertos, 239 millones para carreteras y 3 mil 500 millones más para obras de infraestructura hidráulica y seguridad pública.

Son recursos (actualizados) que usualmente se destinaban a Sonora y que dejarán de recibirse por los nuevos criterios de distribución y reglas de operación del presupuesto federal, y que en los hechos, tienen temblando incluso a diputados y alcaldes de Morena y sus aliados, pues lo que no ha cambiado son los usos y costumbres del sistema político mexicano.

Un sistema en el que la gestión de recursos y su administración constituyen buena parte de los mecanismos de legitimación de esos funcionarios públicos. Si no hay obra pública y programas que resuelvan o mejoren los estándares de vida de la población, ésta suele cobrárselos en las urnas.

Las nuevas reglas de este gobierno establecen que el único que parte y reparte es el presidente y los demás tendrán que rascarse con unas uñas que no tienen, pues la federación (representada como nunca en la figura presidencial) se queda con la mejor parte de la recaudación en estados y municipios.

No es gratuito ni casual que los propios diputados de la coalición hayan increpado al presidente en un encuentro que tuvieron en días pasados, y del que López Obrador salió entre chiflidos, enojado, sin despedirse y sugiriendo que si quieren operar bajo las reglas del pasado, es porque necesitan esos recursos para corruptelas.

Hay pruebas y ninguna duda de que, efectivamente, los moches se erigieron en la gran empresa legislativa y esas prácticas fueron una próspera fábrica de nuevos y viejos ricos en el pasado. Pero si el presidente sospecha hoy hasta de sus propios correligionarios, mal anda la cosa por rumbos de la 4T.

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